Los colores de Alisha – Capítulo 07

Aquí traigo la continuación de la historia «Los colores de Alisha«, capítulo 07.


Capítulo 07: El color de la familia

Gabriela pensó bastante en el nuevo trabajo durante el camino a casa. Tenía ya la dirección de la fundación Alisha en su teléfono y, según lo conversado, en dos días podría ir allá en compañía de Rahni para iniciar con las entrevistas. Tenía seis meses para construir las diversas historias de los testimonios de las viudas, acoger todo lo que hacía la fundación y crear el material para la web. Debía hacer una primera entrega en un mes, que se utilizaría para respaldar los primeros meses de la página.

Esas entrevistas la asustaban. Las solas imágenes hicieron que su corazón se volcase ahogado entre tanta injusticia, que no sabía cómo podría reaccionar cuando escuchara las voces hablar, cuando viera los rostros marcados soltar lo vivido y lo que habían logrado al ser rescatadas. Eran historias de esperanza, de fuerza, de sobrevivencia, pero ¿por qué era necesario vivir tales circunstancias?

Para Gabriela, la sociedad solía venerar la capacidad de sobrevivir de las víctimas, pero poco hacían para evitar que haya la necesidad de sobrevivir a semejantes circunstancias. Se aferraban a las costumbres que herían a otros, a los prejuicios que sesgaban su visión y luego aplaudían a los que lograban sobrevivir a sus espinas. Era, en demasía, hipócrita.

Intentó no pensar demasiado en eso. La fundación, según lo conversado, había comprado un complejo de apartamentos dos años atrás y allí alojaban a treinta y tres mujeres rescatadas de la India. De distintas edades y con distintas historias, serían junto a Alisha las voces del testimonio del enorme trabajo que estaban haciendo. Muchas de ellas recibían estudios, a otras se les ofrecían aprender un oficio e intentaban darle luz. Las que estaban ahí en Londres, habían tenido que escapar, esas fueron las palabras de Rahni. Gabriela tuvo miedo de preguntar por qué.

La fundación estaba ubicada al este de Londres a poco más de veinticinco minutos en auto desde la casa de Rahni, según Google Maps. En su caso, le tomaría más de una hora llegar en autobús hasta el sitio, pero las distancias nunca fueron un inconveniente. Gabriela pensaba más en lo que tendría que hacer cuando llegara al lugar y en las historias que escucharía. En qué tono darle a cada palabra, cómo convertir la tristeza y los traumas en esperanza y oportunidades. Era allí donde veía una gran dificultad.

Al llegar al edificio del apartamento de Diana, Gabriela subió las escaleras con lentitud porque Mateo se había quedado dormido en sus brazos. Había sido tanto el juego con Mudit, que terminó agotado y se quedó dormido apenas tomó el taxi. Abrió la puerta y entró con sigilo. Diana no había llegado. Decidió entonces ir a su habitación para dejar a su hijo descansando.

Pasó las manos sobre su rostro ante la seguridad de que el trabajo que tendría ahora exigiría un nivel de compromiso, fortaleza mental y sensibilidad que había dejado de vivir hace años. Recordó cuando trabajó en México y apoyó a las comunidades indígenas, también el reportaje que hizo sobre los niños y el hambre en La Guajira colombiana; ya había visto situaciones que pusieron a prueba su temple y fueron guardadas en fotografías para inmortalizar la crueldad con el deseo de no olvidarla. Porque nada que se olvide puede ser corregido, la amnesia es la peor forma de perpetuar el horror.

Entonces recordó las palabras de Rahni y las imágenes pintadas en acuarela por Alisha, y pensó en las memorias. Gabriela se aferraba a las fotografías para darles justicia, pero las mujeres a las que vería no tenían otra opción más que convivir con las irrevocables huellas de su pasado.

Al mirar su mano izquierda y la sombra bordada de su antiguo anillo, pensó si se sentiría igual. ¿Alisha amó a su marido? ¿Fue abusada por él? ¿Qué es lo que calla?

—¿Te fue mal?

Escuchó en la puerta. Gabriela giró y encontró a Diana, cuán alta era, mirándola con preocupación. No se había quitado su abrigo gris y su vestido azul cubría las botas negras hasta mitad de la pantorrilla.

—No… ¿por qué lo dices?

—Porque acabo de llegar haciendo tanto ruido como pude y te encuentro sin despegar la mirada de la pared.

Gabriela sonrió al escucharla. Ni siquiera se había cambiado por estar pensando en el proyecto. Aprovechó para quitarse el abrigo de encima y dejarlo a un lado de la cama.

—¿Qué sucede? ¿No funcionó? —preguntó Diana preocupada.

—No. Obtuve el proyecto.

—¡Excelente!

—Solo que… será pesado.

—Ya veo. ¿Qué te parece té y panecillos para aligerar un poco?

—Me parece una genial idea —respondió Gabriela con una sonrisa de agradecimiento.

Diana encogió sus hombros y salió de la habitación. Gabriela miró a su hijo dormir y aprovechó para acomodar las almohadas en ambos lados de la cama para evitar que se cayera. Le besó la frente suavemente y lo vio hacer muecas dormido. Gabriela decidió dejarlo descansar.

Los panecillos fueron acomodados en el comedor. El té se preparó en poco tiempo con los sobres que compraban en supermercado y pronto estuvieron sentadas allí, una frente a la otra. Diana se había descalzado y su cabello naranja estaba despeinado por la brisa de la noche porque, como era corto, fácilmente se movía de un lado a otro. Ella subió los pies al asiento, mientras Gabriela tomaba uno de los dulces pastelillos. Afuera, empezó a llover.

—Bueno, ¿cuéntame qué tal te fue?

—Fui a la casa de la Señora Darzi. No fue difícil de ubicar. Y, ¿adivina a quién encontré allí?

—No tengo idea —admitió Diana antes de morder un pastelillo.

—A Alisha. Es la hermana de Rahni. —Gabriela comentó tras beber un sorbo del dulce té caliente—. La encontré en la casa que, por cierto, es alucinante lo grande y decorada que es. La fundación se llama así porque fue la primera rescatada por ella.

—Entonces es una viuda. Pero la fundación, según revisé en los documentos, tiene ya ocho años funcionando.

—Sí y Alisha diez años aquí.

—¿Por qué viste aún de blanco entonces? —Ante la pregunta de Diana, Gabriela no supo responder. No lo tenía claro—. Es bastante extraño.

—Lo sé, pero la vi relacionarse con sus sobrinos, los hijos de Rahni, y es parte de la familia. Pero si noto que ella misma busca esconderse. Vi una fotografía familiar y casi no se notaba a pesar de ser la única vestida de blanco. —Gabriela suspiró—. Rahni habla con mucho dolor y resignación de ella. Puedo entenderlo…

Gabriela aprovechó para comentarle todo lo que Rahni le había dicho en esa tarde fría. Diana escuchó en silencio, sin interrumpirla. Pasó los bocados uno a uno a su boca y no le quitó la mirada hasta que acabó.

Luego hizo un silencio necesario mientras digería toda la información. Gabriela notó los ojos azules de Diana ligeramente enrojecidos.

—Es difícil ser mujer —concluyó Diana con la mirada en el té que había revuelto—. Sin importar si la genética estuvo de nuestra parte o no, las implicaciones que tenemos que vivir son… brutales. En especial en algunos lugares.

—Lo sé.

—Nosotras, a pesar de todo, fuimos privilegiadas.

Privilegiadas… Gabriela meditó si tenía sentido decirlo de ese modo si sintió el miedo desde que fue adolescente ante sus propios gustos, la presión social para casarse a la que cedió a pesar de ser adulta y el golpe del hombre en quien confió partiéndole la boca. El temor al saber que estaba embarazada y que él pudiera quitarle el fruto de su vientre. La vergüenza y la rabia cuando su intimidad fue expuesta.

Muchos hablaban de privilegio, pero para ella cada posición la había expuesto a una serie de peligros a los que no pudo evadir. Quizás tuvo privilegio de que su padre fuera británico y pudo acceder a la nacionalidad, al igual que Diana tuvo el privilegio de poder tomar el tratamiento hormonal y las cirugías necesarias para verse como deseaba. Pero el sufrimiento de por medio, ¿fue un privilegio haberlo vivido así?

—No sé si privilegio sea la palabra correcta —finalmente respondió—. Agradecer porque hemos sufrido un grado menor de violencia, ¿no sería normalizarla?

—Debemos agradecer el poder hablar por todas las que han sido calladas —dijo Diana—. Ese es nuestro real privilegio, Gabriela. Y sé que tú puedes darles voz a todas esas mujeres con esa sensibilidad que siempre te ha caracterizado.

El sobrevivir para atestiguar.

Gabriela repentinamente recordó los tiempos del colegio, cuando jugaba con Diana en los recesos siendo dos adolescentes llenas de inseguridades y con la presión de su hogar, de la iglesia bautista y de la sociedad a cuestas. Recordó cuando todos las señalaban como una futura pareja y sus padres parecieron muy contentos con la posibilidad de unir a ambas familias de hijas únicas para multiplicarse, desconociendo la identidad de Diana y su propia inclinación.

Diana, que en ese tiempo respondía al nombre de Jack, había llegado unos años atrás al país gracias al negocio fructífero en la consultoría de servicios de datos que su padre aprovechó. Se hicieron amigas casi al instante y su complicidad e intimidad las llevaron a confundir sus sentimientos. Ambas admitieron su temor y su ansiedad. Así que, en una noche buena, Gabriela dio el paso y Diana accedió.

Intentaron un noviazgo donde compartieron los primeros y tímidos besos. Creyeron que estaba bien sentir poco, que era normal que no hubiera chispazos y que la electricidad de la que hablaban otros era una exageración romántica. Gabriela recordó la petición que hizo para tener relaciones con ella, ansiosa por enterrar las fantasías que tenía con otras compañeras. Memoró los nervios entre ambas al  mostrarse desnudas y el pudor que Diana tuvo de presentar su cuerpo tal cual era.

Todo se sintió incorrecto, como dos piezas que no podían encajar, como dos corazones que no podían fundirse de esa manera. El sexo fue más una danza de miedo y tras él solo quedó desolación.

—Gabriela, algunas hemos sido juzgadas por lo que espera la sociedad —dijo Diana como si hubiera recordado también cosas que ya no podría olvidar—, otras abusadas por una mujer comprada por un padre que quiere demostrarle a su hija que es realmente su hijo y otras más regaladas para ser deposadas desde muy joven y sufrir mil clases de abusos, hasta el abandono y la pérdida de su identidad. —Diana extendió su mano para recoger uno de los mechones rizados de Gabriela y acomodarlo tras su oreja—. Nuestro único privilegio ha sido poder contarlo.

Separador de Los colores de Alisha

Nota de autor: ¿Qué les ha parecido? ¿Qué creen de este trabajo de Gabriela? ¡Espero que les esté gustando!

Agradezco a Jazz Noire, mi coach de escritura, por ayudarme a notar las cosas que debía mejorar en este inicial borrador. Ella seguirá apoyándome en este trabajo junto a Letras en Gajos, su página de servicio.

Por cierto, lo pueden leer también en Booknet

Carolina Villadiego

Carolina Villadiego es una escritora entusiasta que tiene 10 años escribiendo historias de temáticas LGBT con drama realista que ha conmovido el corazón de sus lectores. Ha sido programadora, profesora, consultora, fanficker y rolplayer. En el año 2018 alcanzó un premio Wattys dentro de la plataforma de lectura online Wattpad por su libro: Hijo de Payasos.

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