Los colores de Alisha – Capítulo 06

Aquí traigo la continuación de la historia «Los colores de Alisha«, capítulo 06.


Capítulo 06: El color de la familia

En la casa de Rahni hubo movimiento en el comedor y pronto Gabriela observó a Alisha y a otra mujer hindú servir la vajilla. La hora del almuerzo había llegado y Rahni no paraba de hablar de sus viajes a la India para mantener las operaciones de la fundación. Pronto, la llegada de alguien alegró aún más su rostro. Mientras Gabriela sostenía a Mateo en brazos, notó la aparición de los otros dos miembros de la familia, quienes llegaban después de acabar sus estudios por ese día. Un niño y un joven.

—Gabriela, te presento a mis hijos —dijo Rahni orgullosa, parándose en medio de ambos chicos de piel más morena que la de ella, herencia de su esposo—. Él es mi hijo mayor, Amay.

Le sonrió a modo de saludo, pues el peso de Mateo y su vitalidad no le permitían soltarlo, de momento. Amay le devolvió la sonrisa con calma, su camisa celeste estaba perfectamente planchada y su pantalón oscuro impoluto. Cargaba un estuche de violín en su mano izquierda. Gabriela comprendió de inmediato que el chico estudiaba música.

 —Y este es mi hijo menor, Mudit. —Rahni miró a su hijo revuelto, con el uniforme desajustado y una sonrisa luminosa que denotaba un mar de travesuras. Gabriela pensó en Mateo cuando llegara a esa edad, todo un terremoto ensuciándose antes de llegar a casa—. ¡No sé por qué viene tan desarreglado de estudiar!

—¡Estuve jugando! —respondió Mudit con voz alegre, pero la atención del niño estaba sobre Mateo—. ¿Quién es él?

—Él es Mateo, mi hijo, y yo soy Gabriela. Un gusto conocerlos —saludó mientras su hijo miraba a ambos chicos con curiosidad, en espera de un nuevo compañero de juegos.

—Mis amores, ella es la periodista Gabriela Westón, estará trabajando conmigo en la fundación.

—Un placer, señora Weston —Amay hizo un namaste, igual que su tía—. Nos alegra tenerla aquí.

Las personalidades de ambos chicos fueron rápidamente analizadas por Gabriela: Mudit era despierto y travieso. Seguro subía las escaleras de la casa saltando dos escalones a la vez y le gustaba jugar hasta tarde, dejando las tareas para después. En cambio, Amay, el mayor, parecía educado y disciplinado. Saludó a su tía Alisha con cariño y se sumó a acomodar la vajilla también.

Cuando todo estuvo servido, no tardaron en ocupar los asientos en las mesas. Se bendijo la comida. Gabriela guardó silencio de forma respetuosa ante las costumbres de la casa y sostuvo a su hijo en sus piernas para evitar que hiciera algún movimiento preocupante entre tantos decorados en el comedor. Lo mantuvo entretenido con un biberón de frutas mientras comía con un solo brazo y escuchaba con atención la conversación.

Todo el ambiente  en casa era agradable y gentil. Sin embargo, Gabriela todavía tenía la vívidas las palabras de Rahni con respecto a Alisha y lo que significaría el trabajo de la fundación. En la joven viuda no veía evidencias de un pasado trágico más que los mantos blancos que vestía. Ella sonreía ante los comentarios de sus sobrinos y todos conversaban con afabilidad. Rahni lucía feliz en la cabecera, aunque Gabriela no pudo evitar notar que la otra mujer, que suponía era del servicio, no comió allí.

—¿Qué tal te fue a ti, Amay? ¿Cuándo será el concierto? —preguntó Rahni, llevándose un trozo de pan a la boca.

—Aún no nos confirman la fecha —dijo el muchacho. Se veía más alto que su madre y Alisha. Sus ojos eran expresivos; Gabriela le sonrió cuando por un momento se encontró con su mirada.

—Gabriela, mi hijo es un excelente violinista y pianista. Deberías escucharlo alguna vez.

—Será un placer hacerlo. —Gabriela asintió mientras intentaba comer al ritmo de la mesa—. Yo no he sido muy buena en la música.

—Nuestra familia tiene talento para el arte —Rahni bebió del jugo antes de continuar—. Mis hijos son unos artistas, Alisha también. Las pinturas de acuarela que veas aquí son obra de ella.

Alisha se coloreó deliciosamente al sentirse aludida. Ante los ojos de Gabriela, fue como si su vestido blanco se tintara de un rosa pálido, muy tenue, pero suficiente para ser notable a la distancia. Y ahora que la veía con la luz del ventanal frente al comedor, pudo notar además del gracioso rubor, el lunar que había bajo su mentón.

No solo era buena bailando, también pintaba…

—A tía Alisha le encanta dibujar, hace retratos realistas en carboncillos. También pintura en oleo —dijo Amay, orgulloso—. Le creé un canal en Instagram para publicar sus trabajos y son muy bien recibidos. A veces hace encargos.

—¿En serio? —Gabriela estaba sinceramente sorprendida con ese descubrimiento, sobre todo por la reacción adorablemente tímida de Alisha.

—Mudit también ha aprendido a tocar muy bien el piano y la flauta. Y yo, bueno, yo diseño. —Rahni sonreía al hablar—. Hemos sido bendecidos con muchos dones.

—Eso es fantástico. ¿Qué diseñas? ¿Puedo saber?

—Diseño trajes. La empresa principal de mi esposo es de telas, exportamos desde la India y aquí hacemos diseños para vestidos de festejos. Yo diseñé el vestido de Banashree para su fiesta del compromiso.

—Oh sí, me pareció muy hermoso y elegante —Ante sus palabras, Rahni sonrió aún más—. Muy hermoso.

—Muchas gracias. ¿Y tú, Gabriela? —preguntó Rahni luciendo muy curiosa—. ¿Alguna actividad además del trabajo?

—Yo, bueno… nunca he sido buena para la música, o el canto, desafino mucho. Y sobre diseño de moda, definitivamente prefiero solo combinar. —Ella notó la atención de toda la mesa—. Pero me gusta la fotografía. Me gusta fotografiar, siento que es una manera de inmortalizar el presente. De no olvidar.

—¿Alguna fotografía que hayas tomado recientemente y nos puedas compartir? —indagó Rahni.

—Bueno, tengo que buscar mi móvil para mostrarla, pero la tomé en la marcha del orgullo LGBT en Junio. Fue algo repentino, pero increíble. Noté que algo pasaba cuando me empujaron. Y, cuando me giré, vi a un hombre de mediana edad acercándose para abrazar a otro.

La emoción comenzó a transparentarse en su rostro. Gabriela hablaba como si reviviera el momento y los obligara a pertenecer a esa escena que se quedó grabada en ella.

 —Él estaba llorando. Tenía la bandera amarrada en su cuello y se abrazó al otro con tanto sentimiento que no pude apartar la mirada. A pesar de todos los gritos y los aplausos, incluso de la gente que seguía marchado, ellos se detuvieron allí. Tuve que fotografiarlo. Era demasiado potente esa imagen como para ignorarla. Yo supongo que debían ser familias, o a lo mejor amigos separados durante muchos tiempos, pero cuando vi como los colores que pintaba sus mejillas se corrían con las lágrimas y el abrazo era cada vez más fuerte, supe que debía inmortalizarlo.

Gabriela miró las reacciones de todos en silencio. La mirada de Amay se mantuvo en ella por un buen rato, como si ansiara ver esa fotografía con sus propios ojos.  Alisha solo le sonrió antes de llevarse el cubierto a la boca. Por su parte, Mudit parecía aburrido. Pero en donde Gabriela notó incomodidad fue en Rahni, quien bajó el rostro y luego lo levantó con una sonrisa que, ante los ojos de la periodista, se notó artificial.

—¡Es una bellísima escena! —repentinamente dijo Rahni, tomando algo de su plato—. Siempre los reencuentros familiares son muy motivos, ¿verdad, Alisha?

«Sí, lo son».

La sonrisa de Gabriela se volvió más tensa al prestar atención a los gestos de Alisha cuando respondió a su hermana y la manera en la que no quiso profundizar en ese momento. Se llevó otro bocado y Gabriela notó que de la sombra del anillo no quedaba huella.

—Tu compañera, ¿es una mujer trans? —repentinamente preguntó Amay. Gabriela lo observó—. Papá me dijo. La verdad, si no me dice, no me lo hubiera imagino. Es muy hermosa.

—Sí, es preciosa.

—Sí, y hay que respetar las decisiones de todos —argumentó Rahni, fijándose en la ensalada servida. Tomó un tomate y lo llevó a su boca. Amay regresó la mirada a su plato y Gabriela prefirió enfocar su atención en su hijo quien jalaba la blusa como si buscara acceder a su seno—. Por cierto, ¿te gusta la comida, Gabriela?

—Sí, está deliciosa.

Rahni sonrió de nuevo. Bebió otra vez el jugo y todos en la mesa parecieron dedicarse a comer, dejando la conversación de lado. Cuando volvieron a hablar fue gracias a Mudit, quien mencionó que en el colegió tendría un festival de ciencia pronto. Eso atrapó la atención de la dueña de la casa y disipó la atmosfera pesada que los cubrió tras haber mencionado aquella foto.

Cuando el almuerzo acabó, Gabriela volvió a la sala. Rahni le había pedido esperar unos minutos para realizar unas llamadas. Ella aguardó allí, sentada en el mueble, mientras su hijo era entretenido ahora por Mudit. El niño bajó un sin fin de carros y trenes de su cuarto y eso entretuvo las manos de Mateo. Alisha apareció luego y le ofreció la terraza para que pudieran jugar. Gabriela dejó ir a Mateo con Mudit a sabiendas de que Alisha estaría allí para cuidarlo.

De fondo, empezó a sonar un piano. Parecía estar en otra de las salas adyacentes. Gabriela no pudo identificar la melodía, pero la relajó lo suficiente para cerrar sus ojos y pensar.

La familia de Rahni parecía perfecta, sus hijos eran agradables, contaban con muchos talentos y además tenían el bienestar económico para cubrir sus sueños. Alisha se notaba feliz allí, era adorada por sus sobrinos y cuidada por su hermana. Su talento era apreciado y la muestra estaba en las paredes. Gabriela se levantó a mirar los cuadros allí, ahora con el conocimiento de que se trataban de sus pinturas.

Se acercó a una donde había un amplio río y mucha gente en su rivera. Los tonos eran cálidos: rojos, naranjas y amarillos, con sombras marrones de personas que parecían lavar sus pies en la escalinata, mientras otras lanzaban cosas a él y unas más se bañaban dentro. ¿Cómo podía verse tan hermoso algo como el río Ganges, uno de los más contaminados del mundo? ¿Cómo podía verse tan mística una sociedad con costumbres tan injustas como la India?

—Es hermosa la pintura, ¿no? —Rahni preguntó al llegar. Gabriela no apartó los ojos del lienzo, aunque no se atrevió a tocarlo—. Aunque no lo creas, mi hermana no la pintó en la India, la hizo aquí. Todas estas pinturas son recuerdos muy claros de su vida allá.

—La mente puede ser más poderosa que una fotografía.

—Sí… —Rahni contempló la imagen—, pero cuando son vivencias así de fuertes, no se pueden borrar. Una fotografía puedes desecharla. ¿Pero qué haces con la memoria?

Gabriela guardó silencio. Las palabras sobraban.

—¿Tienes recuerdos que preferirías olvidar, Gabriela?

—Creo que todos los tenemos.

—Sí —asintió Rahni, mirando la fotografía—, tienes razón. Algunos más, otros menos, pero siempre tenemos algo.

Las sombras parecían deslizarse sobre las aguas. Las figuras de las personas adquirían movimiento y hasta podía escuchar el sonido del agua correr, de las personas hablar y de los carros andar en aquella pintura. Gabriela sintió a la pintura con una magia inusual, como si estuviera bañada de nostalgia.

—Nuestra sede se encuentra en Visakhapatnam y hemos abierto una nueva en Vrindavan. —Los ojos de Rahni se posaron en ella—. Aquí hemos documentado nuestro trabajo de años.

Gabriela se giró para dedicarle toda su atención ahora que estaban de pie, una al lado de la otra, mientras las risas de Mateo y el piano sonaba de fondo. Recibió en sus manos un álbum. Había pasado demasiado desde que vio uno igual. De hecho, los últimos fueron de su madre guardando fotos de su infancia junto a su hermano en Venezuela.

—Buscamos abrir otra sede más —continuó Rahni—. En este momento, estudiamos los lugares donde haya mayor concentración de viudas que necesitan ayuda. No solo para las que viven en la calle en miseria, sino para las que se han quedado atrapadas en las casas de las familias de su esposo y son marginadas o abusadas.

Gabriela notó la gran variedad de edades y situaciones que encogieron su corazón. Ancianas forzadas a trabajar a toda hora para proteger a hijos ajenos, después de ser abandonadas y despojadas de los suyos. Jóvenes viudas en templos obligadas a prostituirse para mantener a la comunidad que dormía allí. Niñas castigadas, muchas veces vejadas y golpeadas. Había muchas con cicatrices de maltratos, síntomas del abuso sistemático que vivían en la calle y en casa. Varias violadas por los familiares de su difunto esposo. Otras obligadas a guardar luto a un hombre que no hizo más que abusar de ellas mientras estuvo con vida. Algunas ciegas por las cataratas, cojas por una golpiza, con cicatrices de cortadas en su rostro y cuerpo, mutiladas o simplemente abandonadas en la vejez cuando ya no servían, según su familia, para nada.

La música sonaba de fondo, como si susurrara. Su corazón latía con más fuerza y un repentino sentido de justicia brotó de sus entrañas.

—Gabriela… —Rahni tomó sus manos sobre el álbum, sobre los testimonios vivos hechos fotografías y palabras—, ayúdame a darle voz a todas las mujeres que estamos rescatando.

Separador de Los colores de Alisha

Nota de autor: ¿Qué les ha parecido el acercamiento a la familia? Este punto es uy importante y adquiriá más relevancia proximamente.
Para mis patreon se libera hoy 29 de Junio, pero estará a todo publico el 20 de Julio. Como había comentado, mis patreons tendrán la primicia de recibir dos capítulos semanales, distinto a los lectores del blog que podrán ver solo un capítulo semanal. Pero todos podrán acceder a este trabajo al que le estoy poniendo mucho cariño.

Agradezco a Jazz Noire, mi coach de escritura, por ayudarme a notar las cosas que debía mejorar en este inicial borrador. Ella seguirá apoyándome en este trabajo junto a Letras en Gajos, su página de servicio.

Por cierto, a partir de hoy este libro también estará publicándose en Booknet

Carolina Villadiego

Carolina Villadiego es una escritora entusiasta que tiene 10 años escribiendo historias de temáticas LGBT con drama realista que ha conmovido el corazón de sus lectores. Ha sido programadora, profesora, consultora, fanficker y rolplayer. En el año 2018 alcanzó un premio Wattys dentro de la plataforma de lectura online Wattpad por su libro: Hijo de Payasos.

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