Los colores de Alisha – Capítulo 04

Capítulo 04 - Los colores de Alisha

Aquí traigo la continuación de la historia «Los colores de Alisha«, capítulo 04.


Capítulo 04: El color del otoño

Rahni Darzi le escribió el lunes, dos días después de aquel evento. Había logrado desocupar tiempo en su apretada agenda para conversar con Gabriela sobre el trabajo al que fue recomendada. Como Diana tenía que entregar una de sus propuestas en la agencia y nadie podía cuidar de Mateo, no tuvo otra opción más que prepararlo para ir a visitar a su nueva cliente. Lo vistió con un pantalón oscuro, una camiseta celeste y un abrigo negro para el frío. Botas para lluvia, la sombrilla y su impermeable amarillo. Se veía como un pequeño bomberito y eso calentó su corazón.

—Mateo, escúchame. —El niño, emocionado por la perspectiva de salir, miró a su madre con una enorme sonrisa— Vamos a ir a casa de una señora que le dará trabajo a mamá, así que necesito que te portes bien. ¿De acuerdo?

—¡Sí!

—Después nos iremos a comer una hamburguesa y un helado a donde quieras. —Dicha posibilidad lo alegró aún más.

Era otoño en Londres y, a pesar de que en ese momento no estuviera lloviendo, lo mejor era irse preparado. Gabriela salió del edificio tras cerrar con la copia de sus llaves el apartamento y caminó hasta la parada de la iglesia St Matthew rumbo a Wilton Cress con Mateo caminando agarrado del brazo. En ese lugar se encontraría con Rahni, quien le había pedido ir hasta su casa.

La página de la fundación Alisha estaba recién remodelada, aunque no había salido a la luz. En su actual dirección se encontraba una página sencilla creada con una plantilla gratuita de WordPress, con información muy elemental, pero insuficiente. La última publicación se había realizado dos años atrás y parecía que la remodelación no iba a arreglar el problema de contenido que poseía. Además, no había sido bien indexada en Google y carecía de impacto para el lector. Gabriela veía mucho que mejorar en ella, no obstante, debía llegar con la mente en blanco y preparada para lo que le pudieran pedir. Entendía un poco por qué había gustado su perfil y pensaba en ello mientras el autobús atravesada las calles de la ciudad.

Gabriela revisó que su ropa estuviera correcta de nuevo, cuando estuvo a punto de llegar. Su blusa de colores rosas y grises era de cuello alto, perfecto para guardar un poco de calor en esa tarde fresca y dar una imagen profesional. El pantalón de jean oscuro y las botas altas vinotinto la ayudaban a aparentar un poco más de altura. Su abrigo combinaba con sus botas y le otorgaba un aire casual y elegante para la ocasión. Ajustó sus rizos para que le despejaran la cara y retocó un poco de su maquillaje de ojos antes de la parada. Mateo estuvo entretenido señalando los autos y los taxis que pasaban alrededor del autobús.

Ella bajó en la parada del Hyde Park con su hijo en brazos y su bolso Vinotinto en la otra que guardaba la sombrilla en caso de lluvia. Anduvo admirando las enormes casas gregorianas, con acabados elegantes y antiguos que dotaban el sitio de cierto aire de realeza. Wilton Cresent era una zona residencial que al solo llegar ya llamaba por la clase marcada en sus casas de cinco pisos blancas, victorianas, frente al parque.

—¡Mamá! —exclamó Mateo, removiéndose inquieto—. ¡Peditos! ¡Mamá!

—¿Perros?

—¡Peditos! —gritó emocionado, levantando su mano para expresar lo grande y genial que eran. Esos ojitos negros la enternecieron mientras veía al cuidador de mascotas pasear con una media docena de perros preciosos, todos bien cuidados, con pelajes abundante perfecto para el clima londinense.

—Sí, están muy lindos, pero debemos seguir hasta la casa…

—¡Quero peditos! —insistió Mateo, negado a avanzar. Gabriela miró a los perros, luego a sus hijos y la poca distancia que quedaba para alcanzar el lugar marcado por el GPS de su móvil—. ¡Peditos! ¡Peditos!

Pero, como era de esperarse, Mateo no recibió de buena manera el que no se detuvieran y no los dejaran jugar con los perros que paseaban. Gabriela no podía esperar más, ni negociar, por ello lo cargó en contra de su voluntad y avanzó acelerada, mientras Mateo se removía inquieto queriendo retroceder.

Ser madre soltera tenía desventajas de las que nadie quería hablar.

Llegó bastante frustrada a las puertas de la casa de Rahni Darzi, con un niño llorando agarrado de su abrigo. Tocó el timbre y comenzó a regar besitos en la cabeza de Mateo, quien sollozaba aun descorazonado.

—Vamos Mateo, por favor… —suplicó, acariciándole el cabello negro—. Vamos, mi vida. Necesito este trabajo, ¿sí? Puedo hablar luego con tía Diana para ver si quiere tener un perrito.

—Quedo pedito —dijo suavecito y Gabriela mordió sus labios con preocupación.

—Lo hablamos después, pero necesito este trabajo.

—¡Quedo pedito!

En ese instante, la puerta fue abierta. Gabriela sujetó más fuerte a Mateo contra sí, sorprendida al ver a la misma Rahni Darzi abrir, cuando creyó que por la opulencia del lugar sería algún personal de servicio.

Rahni vestía una túnica bellamente decorada con bordados de colores verde y rosa que escondía la exuberancia de su silueta, un pantalón verde que combinaba debajo de ella y el cabello suelto, lacio y cuidado. Su maquillaje era muy natural y perfecto, resaltaba los expresivos ojos marrones y enfatizaba lo mejor de sus rasgos orientales. Su piel era no era tan morena como la que había visto en Alisha, más bien parecía tostada bajo el sol, con un tono dorado. Como una princesa en su palacio, Rahni lucía impecable.

—Bienvenida Gabriela —saludó con una sonrisa. Mateo dejó de llorar solo para mirar a la mujer frente a la puerta—. Me alegra que hayas llegado sin problema. Por favor, pasa adelante.

Gabriela pasó y miró a Rahni al cerrar la puerta. Le sorprendió cuando la mujer se acercó y dejó una caricia sobre la mejilla húmeda de Mateo, antes de convidarle a recorrer el pasillo decorado con diversas piezas decorativa de su país, con una sonrisa amable en el rostro. Supo de inmediato que no podría quitar la mirada sobre Mateo mientras estuvieran allí.

—Nuestra Nisha está ocupada en la cocina, estamos preparando un delicioso plato al curry. ¿Te gustaría acompañarnos a almorzar?

—Muchas gracias por el ofrecimiento.

El pasillo era alto y estaba forrado en madera que simulaba estantería. Sobre los recuadros había piezas en cristal, cerámica y bronce, le pareció. Cuando llegaron a la sala, las puertas corredizas de madera blanca estaban abiertas y mostraba la enorme estancia. Esta estaba decorada con muebles beige de tres puestos y tres sofás a cada lado de la mesa de centro de Cristal. También había un baúl del mismo tono de los muebles. Sobre los muebles se encontraban cojines y un manto de colores naranjas y verdes, de influencia hindú, que contrastaba con las paredes blancas y decoradas.

Sobre la chimenea de yeso esculpido había piezas de bronces, sobre todo elefantes y otro tipo de imágenes que podrían ser dioses de muchas manos en posición de meditación. También pinturas que parecían hechas en acuarela, en tonalidades naranjas, verdes y azules que parecían representar fotografías de aquella tierra mística. Al lado de la chimenea, había una mesa circular de decoración, con un jarrón frondoso lleno de claveles, una lampara elegante de bronce y retratos con fotografía del matrimonio. Rahní aparecía allí acompañada de su esposo y dos jóvenes que, por la cercanía, adivinó que eran sus hijos. Había una mujer de blanco detrás de ellos.

—Son mi familia. ¿Quieres beber algo antes de iniciar? —ofreció Rahni.

Gabriela sonrió incómoda al ser atrapada con la necesidad de tomar el marco de esa fotografía.

—Wow, se ve muy joven para tener un hijo adolescente —dijo para apartar su propia intranquilidad—. Agua estará bien, de momento.

—¿Lo crees? —Rahni pareció genuinamente halagada—. Bien, puedes sentarte mientras busco el agua para que iniciemos.

Al quedarse a solas, Gabriela decidió no tentar a su suerte y mostrarse como entrometida. Recorrió con la mirada a los amplios espejos que adornaban el lugar y la lámpara de lágrimas que estaba sobre ella. El niño había olvidado a los perros para observar tantas cosas interesantes a su mano.

Decidió sentarse con Mateo sobre sus piernas y dejó su bolso a un lado. Le dio el teléfono con un juego para que su hijo olvidara la intención de caminar y tocar las figuras con sus manos.

—Me dijo Maitte que vienes del extranjero. Latina, ¿no? —Volvió Rahni, con una bandeja de plata y dos vasos de cristal lleno de aguas. Gabriela tomó uno para darle de beber a su hijo.

—Sí. Soy hija de padres británicos, pero nací y me crie en Venezuela, luego trabajé en México.

—¿Cuánto tienes aquí?

—Dos años —Gabriela tomó su vaso de agua y bebió—. Mateo, mi hijo, nació aquí.

—¿Estás casada, Gabriela?

—Divorciada. —Gabriela dibujó una sonrisa acartonada en sus labios—. Las cosas no funcionaron y decidí que era lo mejor.

—Ya veo. —Rahni se sentó a un lado del mueble, acomodando su túnica para sentarse cómodamente entre los cojines—. Sé lo que significa que las cosas no funcionen.

Gabriela contuvo el aire, nerviosa.

—Maitte me comentó que eres muy buena para lo que buscamos. Nuestra fundación ya tiene varios años trabajando en el rescate y protección de las mujeres viudas en mi país, sobre todo en el estado Andhra Pradesh, pero no tenemos la suficiente visibilidad en las redes para que se note y necesitamos más apoyo económico para expandir nuestra ayuda. Mi esposo Jayce, junto a varios amigos de la familia y socios con los que hemos trabajado durante años, nos ha apoyado económicamente; mas no es suficiente.

—Entiendo. Según me comentó Diana, la agencia se ha encargado de todo el trabajo de diseño y desarrollo de sus redes sociales y website para la fundación.

—Así es. Pero necesitamos a alguien que nos maneje el contenido, con testimonio de nuestros trabajos. ¿Cuál es tu experiencia en ello?

—Soy periodista, con maestría en comunicación y publicidad graduada de la Universidad Nacional de México —explicó, mientras Mateo comenzaba a impacientarse entre sus piernas—. En Venezuela estuve trabajando en hogares Fe y Alegría en el área de comunicaciones antes de graduarme de preparatoria, en México trabajé para la Coordinadora Nacional de Mujeres Indígenas e hice varios proyectos con organizaciones sin fines de lucros. —Su hijo intentó bajarse de sus piernas, pero Gabriela lo acomodó de nuevo—.También un proyecto con la Unicef en la Guajira Colombiana, un proyecto ambientalista en Yucatán y…

Entonces Mateo comenzó a quejarse. Quería agarrar al elefante de la mesa de vidrio, un elefante sentado en bronce que sabía representaba a un dios, no recordaba en ese momento el nombre. Rahni veía intermitente hacia ella y su hijo inquieto

—Y estuve trabajando en…

—¿Has publicado artículos en Inglés?

—Sí. Hice varios para la Fundación Metropolitana de Migración de Reino Unido hace diez meses y apoyé en la revista Metropolitan. También trabajé para la Royal Association for De… —Mateo empezó a llorar.

Ante la frustración, Gabriela tuvo que tomar aire y llamar a la paciencia ante la resistencia de su hijo de comportarse. Se puso de pie para cargarlo de nuevo mientras el niño señalaba el elefante, abrumada por la vergüenza

—Lo lamento, es que no tuve con quien dejarlo.

—Mateo quiere a Ganesha —dijo Rahni, con la calma conocedora del peso de ser madre—. No te preocupes, puedo entenderlo. Como vistes en la fotografía, tengo dos hijos, aunque ya están más grandes. ¿Quieres que te ayude?

—Dios, qué vergüenza. —Gabriela agitaba a Mateo, intentando negociar con él. Pensó que Rahni pediría que se lo permitiera cargar, pero salió de la sala y la dejó sola allí.

Gabriela no pudo evitar el invocar a Dios mientras miraba a Mateo agitándose y enrojecer por el llanto. Lo cubría de la cabeza hacia su cuerpo y buscaba consolarlo, pero por más que le prometía dulces en su oído, incluso pizza o cereal, nada lo calmaba. Mateo seguía furioso por la imposibilidad de caminar a sus anchas para descubrir ese nuevo mundo.

—Si quieres, permítele a mi hermana Alisha encargarse a él.

El nombre la atravesó como una saeta. Gabriela se giró hacia Rahni y reconoció a su lado a la misma mujer que había visto en el restaurant. 

Separador de Los colores de Alisha

Nota de autor: Y vamos avanzando. Qué bonita se ve la casa de Rahni, ¿no? En patreon voy a compartirles las imagénes de la casa que usé de referencia para este lugar. ¡Es genial recorrer a Londres por Google maps! Me he sentido identificada con Gabriela, ¡debe ser duro ser madre soltera! Pero ella ama a su hijo y se esfuerza por él.
Para mis patreon se libera hoy 25 de Junio, pero estará a todo publico el 06 de Julio. Como había comentado, mis patreons tendrán la primicia de recibir dos capítulos semanales, distinto a los lectores del blog que podrán ver solo un capítulo semanal. Pero todos podrán acceder a este trabajo al que le estoy poniendo mucho cariño.

Agradezco a Jazz Noire, mi coach de escritura, por ayudarme a notar las cosas que debía mejorar en este inicial borrador. Ella seguirá apoyándome en este trabajo junto a Letras en Gajos, su página de servicio.

Carolina Villadiego

Carolina Villadiego es una escritora entusiasta que tiene 10 años escribiendo historias de temáticas LGBT con drama realista que ha conmovido el corazón de sus lectores. Ha sido programadora, profesora, consultora, fanficker y rolplayer. En el año 2018 alcanzó un premio Wattys dentro de la plataforma de lectura online Wattpad por su libro: Hijo de Payasos.

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