Los colores de Alisha – Capítulo 03

Aquí traigo la continuación de la historia «Los colores de Alisha«, capítulo 03.


Capítulo 03: El color de sus ojos

Gabriela había conocido muchas mujeres en su vida, muchas de ellas maltratadas por las horrorosas situaciones de la vida, atrapadas en destinos funestos y destruidas por el odio humano. Perseguidas por el miedo y encogidas por el maltrato. La expresión de esa joven fue similar: Alisha miraba como quien vive con miedo. Y Gabriela no iba a olvidarlo tan fácilmente, pues había pasado poco tiempo desde que se había encontrado con un rostro igual frente al espejo.

Las imágenes se aglomeraron en una mezcla viscosa en su mente. Ella caminaba titubeante entre los pasillos, sujetando fuertemente su bolso contra su costado, mientras un brazo la abrazaba como si buscara ocultarse de la mirada de todos. Cientos de ojos la observaban. Con el taconeo persistente que la llevaba a la puerta de vidrio, hacia la calle, sentía la centena de ojos escudriñándola desde la distancia.

Al llegar a la calle, el aire le supo a humo, contaminación y cigarros. Ella miraba los ojos de las personas que pasaban y creía sentir que estos la reconocían. Sonrisas funestas se dibujaban en rostros desconocidos. Lenguas fuera de las bocas de hombres que nunca había visto, entre el bigote sobresalía la cabeza de una víbora y ella comenzó a acelerar el paso, hasta casi caerse entre la multitud. Bajó los escalones hacía la estación e ignoró los ojos que la perseguían como polillas queriendo arrancarle la ropa y dejarla desnuda.

Se sentía perseguida.

Cientos de ojos, miles de rostros reconocidos, likes y compartidas que subían en toda clase de redes sociales, comentarios, juicios, señalamientos… al ritmo de su taconeo en busca de esconderse, los ojos se multiplicaban, las sonrisas se acumulaban, la morbosidad cobraba nombre y se sentía marcada, como un pedazo de carne caminando al matadero, ante los ojos de los comensales que esperan la hamburguesa en la mesa, con la saliva acumulándose bajo la lengua.

Gabriela despertó envuelta en sudor y lágrimas. La última imagen del sueño en su cabeza fue entrar a un vagón rosado y acurrucarse en una esquina para querer mimetizarse entre las decenas de mujeres que ocupaban el mismo lugar. Asustada, miró a la luz que atravesaba la ventana y anunciaba otro día frío. En su costado izquierdo sintió el calor del cuerpo de Mateo abrazándola, pegado contra su seno. Acarició la mejilla regordeta de su pequeño y secó con su pulgar la baba que brotaba de sus labios entreabiertos.

Gracias a Dios, estás aquí…

Había amanecido. Gabriela apartó las sábanas y acomodó a su hijo contra la almohada, cuidando no despertarlo. Fue al baño y se lavó la cara lo suficiente hasta sentir que estaba despierta, luego se observó en el espejo con el cabello despeinado y los rulos sin forma, los ojos cansados y la muestra de haber estado festejando hasta muy tarde. También permanecía el rastro del miedo, allí, aun acariciando su rostro como el agua que la mojaba.

Se aseó y salió de su habitación. En la sala se encontraba Diana, hablando por teléfono mientras revisaba algo en su laptop, con las piernas recogidas en su asiento. Su amiga vestía apenas un pijama de flores de dos partes, que dejaba ver el volumen de sus senos perfectos. Aún sin maquillaje se veía preciosa.

Había pasado ya dos años desde que vivía con ella. Todavía tenía el recuerdo vivo de su abrazo cuando la recibió tras haber viajado a Londres, con su bebé a punto de nacer. Diana abrió sus brazos en el aeropuerto y no dudo en acogerla cuando se quiso esconder allí, en su valentía, en su fuerza, en su acogedora presencia que había marcado su adolescencia y volvía a marcar su adultez como la mujer más fuerte que conocía.

—¿Dormiste bien? —preguntó Diana, al verla de pie frente a la sala.

—No tanto como hubiera querido. ¿Ya comiste?

—No, pensaba hacer arepas, pero me llamaron —señaló su móvil, donde la habían dejado en espera—. ¿Las preparas mientras termino?

Gabriela afirmó con un movimiento de su rostro y se dirigió a la cocina. Ya el paquete de harina amarillo estaba en el mesón, así como el agua. Se lavó las manos e inicio  con la preparación de la masa. Recogió su cabello esponjoso y húmedo para iniciar la preparación del desayuno. Sin más, puso el café a hacerse. El aroma comenzó a despertarla y mejorarle el humor, mientras amasaba la harina en el boll.

Los recuerdos de la fiesta aun se mantenían frescos. Los colores del festejo, las risas, los bailes, la celebración por una mujer que había encontrado el amor y se veía feliz de convertirse en una esposa; todo seguía permanente en su memoria. En especial, ella. La mujer de blanco que atrapó bailando en un rincón de la oscuridad, la misma que la miró con el temor tatuado en sus ojos.

Memoró el momento de la fotografía. La tela blanca dejó de moverse y ocultó el ligero temblor perceptible en las manos de la mujer morena. La vio tragar grueso, mirar a todos lados como si buscara una vía de escape y luego sujetar sus manos juntas en el regazo. Paralizada, como si hubiera sido atrapada en un acto prohibido.

—Bailas muy bonito, ¿por qué no estás con las demás? —le dijo al acercarse con cautela. Por la reacción de la mujer, para Gabriela fue claro que no quería ser descubierta.

La morena pareció desear el desaparecer en la pared. Sus ojos negros y grandes la observaban como si emitieran un grito incapaz de dar, Gabriela esperaba escuchar esas palabras para actuar a su favor, de ser necesario. Si era víctima de la violencia, no escatimaría en buscar ayuda.

Para su sorpresa, no fue un grito lo que soltó. La mujer realizó un gesto con sus manos que Gabriela reconoció de inmediato. Era lenguaje de señas.

«¿Eres sordomuda?», contestó Gabriela en el mismo lenguaje. «Podemos hablar, sé cómo hacerlo. Trabajé hace unos meses en una fundación para sordomudos. RAD, ¿la conoces?».

Alisha la miró sorprendida.

«Puedo escucharte. Pero no puedo hablar», aclaró la morena.

A Gabriela le impresionó eso, pues sabía que era bastante raro encontrar a una persona que solo fuera muda. Avergonzada, soltó la cámara para que cayera colgada sobre su pecho y hacerle saber de ese modo que no pretendía fotografiarla más.

—Oh, entiendo. Lamento haberte asustado y haberme confundido. Estaba tomando fotografías y te vi…

 «No hay problema».

—¿Puedo saber tu nombre? Me llamo Gabriela. —La chica asintió y luego, lentamente, deletreó las letras de su nombre con sus manos:

«A L I S H A».

—Alisha es un lindo nombre. Es un gusto conocerte. —Gabriela le sonrió, pero Alisha siguió contemplándola nerviosa, con sus negros ojos abiertos y tímidos—. Lamento haberte molestado.

«Tengo que irme…».

—No te preocupes. Espero que podamos hablar después. —Gabriela la observó girarse—. Me gustó tu baile.

Alisha se despidió con una última sonrisa por esa noche. Durante la noche las danzas continuaron, pero la imagen de la mujer de blanco bailando en la oscuridad del escenario no desapareció de la mente de Gabriela. Al buscarla entre los comensales, no la halló. Desapareció, como si su existencia no mereciera estar entre la lluvia de colores en el festejo.

Gabriela miró la masa de las arepas entre sus manos, tomando forma. La noche había acabado, Alisha no apareció más y probablemente no sabría nada de ella. Si era una joven esposa de algún empresario del lugar o una empleada de hogar de alguna de las familias adineradas, ya no lo sabría. Todo lo que quedaba de ella fue la foto que capturó.

—Bueno, parece ser que el lunes tendré que reunirme con Henry para revisar los avances del programa para la marca Sakura—se sentó Diana frente a la barra de la cocina, con su rostro apoyado en la mano derecha—. ¡Con lo nerviosa que me pone él…!

—¿Henry no es el que te deja chocolates en el escritorio? —por la expresión de hastío de Diana, Gabriela obtuvo su respuesta—. Yo digo que es una buena oportunidad.

—Te he dicho ya que no puedo fiarme solo porque sea un chico lindo, divertido y amable. —Hizo un mohín con sus labios—. Ya me ha pasado otras veces. Pareciera que se acercan al ver el letrero de 2×1 en mi frente para cumplir alguna fantasía pasajera. En fin, quiero ver las fotografías que tomaste anoche.

—Están en la cámara, creo que la dejé por allí.

Ante las palabras de Gabriela, Diana se puso de pie para buscar por los muebles, donde habían dejado los abrigos tirados al llegar en la noche. Allí la encontró.

—Ve vaciando la memoria en la computadora mientras acabo, ya voy a asarlas. —Gabriela alzó la primera arepa redonda para que Diana la viera.

—Tú eres la experta en arepas, ¡yo espero gustosa!

Al cabo de media hora ya estaba hecho el desayuno: arepas, queso rallado, unos chorizos, huevo frito y una taza de café con leche. Gabriela sirvió todo en una bandeja y dejó la arepa sin asar de Mateo para cuando despertara.

—Las fotografías que tomaste de la cena estuvieron magnificas. —Diana elogió conforme revisaba la memoria de la cámara conectada en la laptop—. Los colores, los movimientos, la definición… tienes un don para esto, sin duda.

—Gracias.

Gabriela se sentó al lado de Diana frente a su pequeño escritorio minimalista, apegado a la ventana que daba a las afueras de la calle Effra. Dejó la bandeja con los platos servidos y sopló el café mientras recogía sus pies en la silla. La camisola celeste apenas cubría su desnudez y su panti de flores quedaba a la vista.

—¿Quién es ella? —preguntó Diana sorprendida al ver una foto que difería de todas las demás.

Gabriela miró la fotografía tomada segundos antes de que ella se percatara de su presencia. Las manos morenas dibujaban figuras sobre su rostro, mientras sus labios y ojos brillaban, viendo a un punto indefinido hacia arriba. El blanco resplandecía entre la oscuridad, como si brillara por su propia luz. Era una foto fascinante.

—Alisha.

—Alisha, ¿cómo el nombre de la fundación? —Ante la pregunta de Diana, Gabriela acomodó sus pies en el suelo y recogió un mechón desordenado de su crespo cabello castaño. Agarró una arepa y volvió a enfocar la mirada en la foto, con una ligera epifanía—. ¿Tomaste esta fotografía pensando en la fundación?

—No… La encontré detrás de los equipos de sonidos. Estaba bailando al mismo son que el grupo de baile. Cuando le pregunté, me dijo que se llama Alisha. —Gabriela mordió y tragó—. Estaba vestida de blanco como…

—Las viudas en la India —completó Diana.

—No recordé que así se llamaba la fundación.

—Una interesante coincidencia que no parece tal. —Se levantó Diana y Gabriela persiguió su andar hasta la pequeña cocina—. ¿Qué fue lo que te llamó la atención como para fotografiarla? —preguntó.

Gabriela miró de nuevo la fotografía. Su rostro no tenía una gota de maquillaje. Sus cejas, viéndolas con detalles, lucían naturales y sin una forma particular. No había joyas, no había adorno alguno, a diferencia de las bailarinas de colores que estaban en la tarima con joyería dorada que adornaba incluso su cabello y nariz. Ella no tenía nada.

¿Qué fue lo que capturó su atención?

—No necesita de colores para tener su propia luz. Pero, por alguna extraña razón, al verla bailando en la oscuridad, pensé en un ave hermosa cantando dentro de una jaula.

Diana regresó y posó sus ojos en la pantalla. Creyó ver la imagen en movimiento, en cámara lenta. Los brazos moviéndose, la tela deslizándose, el cuerpo dando un giro con soltura… esa era la magia de un buen fotógrafo.

—Así se ve…

—Pero ella no canta. —Gabriela regresó sus ojos cafés y contempló a su amiga—. No habla.

Separador de Los colores de Alisha

Nota de autor: Ayer estuve trabajando en esta historia, organizando las escenas para que quedara así nuestro tercer capítulo. Tenemos un poco más de Gabriela y su relación con Diana, la amiga que la acompañó también en el festejo del capítulo anterior.
¿Por qué creen que Alisha tuviera miedo al ser encontrada?
¿Y qué clase de pasado tiene Gabriela? ¿De donde surge ese sueño? Aprovecho para comentar que Gabriela en el sueño se vio en un vagón rosa de la línea del metro de Ciudad de México.
Para mis patreon se libera hoy 22 de Junio, pero estará a todo publico el 29 de Junio. Como había comentado, mis patreons tendrán la primicia de recibir dos capítulos semanales, distinto a los lectores del blog que podrán ver solo un capítulo semanal. Pero todos podrán acceder a este trabajo al que le estoy poniendo mucho cariño.

Agradezco a Jazz Noire, mi coach de escritura, por ayudarme a notar las cosas que debía mejorar en este inicial borrador. Ella seguirá apoyándome en este trabajo junto a Letras en Gajos, su página de servicio.

Carolina Villadiego

Carolina Villadiego es una escritora entusiasta que tiene 10 años escribiendo historias de temáticas LGBT con drama realista que ha conmovido el corazón de sus lectores. Ha sido programadora, profesora, consultora, fanficker y rolplayer. En el año 2018 alcanzó un premio Wattys dentro de la plataforma de lectura online Wattpad por su libro: Hijo de Payasos.

También te podría gustar...

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

¡Lo siento! No está permitido copiar este contenido.